Rave

Cayó la noche. Carlos condujo por una solitaria carretera rumbo a las afueras de la ciudad. Era una noche sin luna; la oscuridad arropaba campo y civilización mientras que las luces de farolas y edificios devoraban todo brillo de estrella. Dejó atrás carretera y ciudad, y condujo por un sendero dificultoso que se perdía entre campo y bosque. Bajó el volumen de la radio y afinó el oído: a lo lejos, desde el interior del bosque, se oía las poderosas líneas de bajo características de la Bass Music. Había encontrado la rave. Metió el coche por un desvío y abandonó el sendero. La música se volvió más clara y más fuerte. Eran canto de sirenas para él.

Vislumbró los coches aparcados, los grandes altavoces y el generador. Decenas de jóvenes bailaban y saltaban con copas y cigarros en las manos, repartidos entre los árboles y los vehículos. Carlos aparcó lo más cerca que pudo de la mesa de DJ y salió en busca de sus colegas.
Se acercó a la mesa donde el DJ “pinchaba” su música y allí los encontró, cabeceando y bailando con los ojos entornados. El artista lo daba todo: botaba, alzaba las manos y bailaba al mismo tiempo que sus manos invocaba los sonidos que tenían a todos hipnotizados.
Intercambió algunos saludos y choques de manos con sus amigos e inmediatamente se le pasó un canuto que disfrutó como el elixir del paraíso. Dejó todas sus preocupaciones atrás. Trabajo, familia, estudios… Nada de eso importaba ahora.

Necesitaba algo más fuerte.

Se acercó a Oscar, un sujeto común en las zonas de rave. Su cabello rubio rapado por un lado y sus tatuajes puestos a parches lo identificaban de lejos.

– Qué pasa tío – Le saludó Carlos y le chocó la mano.
– Heeey… ¿Tú eras…?

Estaba borracho y drogado.

– Carlos ¿Me recuerdas? amigo de Raúl.
– Si, si. Claro que si hermano – Le volvió a dar la mano -Tengo un éxtasis que flipas, tío. Una mierda nueva que ha salido. La llama Z. Vas a volar tío.
– ¿Cuanto?
– Por ser tú, treinta euros el gramo.
– Hecho.

Carlos le dio el dinero y recibió una bolsita de plástico a cambio, con dos pastillas verdes en su interior.
Volvió junto a sus amigos. Paula, una de ellos, se acercó a él bailando cuando le vio con la bolsita. Él sacó una de las pastillas de éxtasis de la bolsa y se la colocó en la boca. Ella le sonrió y Carlos cogió la otra pastilla, pero se le cayó antes de que pudiese llevársela a la boca.
Maldijo y se agachó para buscar. Pero había demasiados pies bailando y mucha basura en el suelo. Sacó el móvil para iluminar y después de cinco minutos no encontró nada. Toda la euforia desapareció. Fue en busca de Paula con la esperanza de que tuviese algo más, aunque fuese un simple porro.
La encontró alejada de la mesa de Dj y los coches, entre los árboles del bosque que los rodeaba. Estaba sola y de espaldas.

– ¿Vas a mear? – Preguntó antes de seguir acercándose.

No contesto.
Decidió acercarse un poco más y la llamó con la mano. Se giró muy lentamente.

– ¿Estás bien…?

No. No lo estaba. Su piel se había vuelto blanca y sus ojos, muy abiertos, amenazaban con salir de sus órbitas. Sus pupilas eran de color rojo brillante. Y mostraba los dientes como un animal.

Carlos creyó que era una broma y se rió.

Paula se abalanzó hacía su cuello y mordió. Su risa se transformó en un grito de terror. Sin embargo, pasó desapercibido entre la fuerza del bajo y los acelerados breaks.

El grito fue una especie de efecto desencadenante. Pronto, en diferentes zonas de la rave, el caos se hizo evidente y numerosos grupos de jóvenes corrían despavoridos sin saber muy bien de qué. Eran devorados e infectados, como una plaga carnicera que se propagaba a toda velocidad. Las pastillas Z habían sido todo un éxito.

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